02
Ago
08

Tortura en el siglo XXI.

Privación de sentidos.

camaraEl otro día hablando con unos compañeros sobre la película SAW y sus secuelas. (Solo he visto la primera y no pienso ver más) Salio a colación una forma de tortura moderna que a partir de ese momento me dio mucho que pensar por lo que de extraña puede tener. Se trata de la privación sensorial.

Parece ser que el estudio de privación sensorial se llevó hasta el extremo por parte de americanos y alemanes en la década de los 40. El experimento consistía en introducir a los sujetos de estudio dentro de tanques con agua caliente y salada. Dentro del tanque, la oscuridad y la insonorización son totales. La flotación en el agua contribuye a destruir el sentido del equilibrio del cuerpo, que desestabiliza a su vez el equilibrio de la mente. El agua se mantiene a la temperatura corporal. El cerebro no puede distinguir los límites del cuerpo y se anulan los estímulos táctiles.

Por lo visto la estimulación sensorial es vital para el mantenimiento de las funciones cerebrales. El mundo tiene sentido cuando se puede comparar lo almacenado en el cerebro con lo percibido por los sentidos. La estimulación correcta del cerebro permite establecer nuevas conexiones neuronales y aumentar la eficiencia cerebral. La privación sensorial induce alteraciones que van desde la pérdida parcial de memoria, la disminución del coeficiente intelectual o los cambios de personalidad a las alucinaciones. Si la privación de estímulos dura un corto período de tiempo puede incluso resultar relajante o terapéutica, pero si se prolonga horas o incluso días puede causar un daño cerebral de consecuencias catastróficas.

Como forma de tortura su objetivo es la confusión, el «lavado del cerebro». Si el cerebro «cree» que esta confusión cesará con una acción concreta, ordenará que el individuo la haga, incluso contra su razón. El objetivo es «romper» a los individuos antes de interrogarles. Son métodos de tortura aplicados a los soldados norteamericanos capturados en Corea, a los terroristas palestinos en Israel, a los prisioneros recluidos en la década de los setenta en Europa del Este, a los terroristas en algunos países europeos y a los presos talibanes recluidos en Guantánamo, en ocasiones en combinación con otras técnicas que contribuyen a la desestructuración mental y física, como la privación del sueño, el ruido blanco, y las posturas dolorosas. Los torturados sufren ataques de pánico y pesadillas. Sus defensas psicológicas caen y llegan a perder la noción de identidad. Antifaces y grilletes son distintas formas de un mismo acto de violencia, ya que toda agresión a la sensorialidad, como parte de nuestra estructura más íntima, tiene consecuencias devastadoras para la integridad del individuo. El flujo sensorial es crucial para la vida.


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